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La cuarta película de Sean Penn como director, "Hacia rutas salvajes", pretende ser un alegato contra el consumismo y la forma de vida estadounidense, en particular, y occidental en general, pero se queda en un larguísimo y pretencioso relato de un joven en busca de un sueño. A pesar de sus bonitas imágenes, de sus fantásticos actores secundarios y de una historia -basada en hechos reales- a priori atractiva, la excesiva duración de la cinta y un protagonista (Emile Hirsch) al que le falta empaque aunque le sobre entusiasmo, le pasan factura a la película. Tras 140 minutos de viaje y tras desear a partir de la primera hora que el protagonista llegue a su destino, Alaska, o abandone su aventura de una vez, la única sensación que queda es la de unas bellas imágenes y una excelente música, compuesta por Eddie Vedder. Y eso sobre un trasfondo de facilona crítica social, con imágenes de hamburguesas o de gente estresada en grandes ciudades. El filme cuenta la historia de un joven de 22 años que decide abandonar una, en apariencia, vida fácil, por una aventura sin dinero -dona parte de sus ahorros y quema el resto- que le lleva a un acelerado aprendizaje para sobrevivir en la naturaleza. En una suerte de nueva versión de "Las aventuras de Jeremiah Johnson", de Sydney Pollack, que contaba con la enorme diferencia de tener a Robert Redford como protagonista, "Hacia rutas salvajes" se beneficia de un sólido equipo técnico y artístico, a quienes no acompaña un director demasiado implicado en la historia. Penn quería llevar la historia de McCandless a la gran pantalla desde que leyó el libro que la contaba, pero tardó diez años en conseguir los derechos. La estructura del guión es lo mejor del trabajo de Penn, con un relato fragmentado del recorrido vital del joven, guiado por una voz en off -su hermana- que guía al espectador, aunque desgraciadamente lo haga a través de frases profundamente pretenciosas. Y su principal acierto el excelente grupo de secundarios, en especial Hal Holbrook, en el papel de Ron Franz, una interpretación que le ha supuesto una candidatura al Óscar al Mejor Actor secundario, que podría poner en serios apuros a Javier Bardem. Pero el resultado global es de una película que trata, sin conseguirlo, de alejarse de los clichés de filmes en los que la naturaleza es la protagonista, y que termina aburriendo por sus aspiraciones filosóficas y de lecciones morales.
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